|Por Luis Alfonso Tomillo|
El pasado domingo, como en otras ocasiones, cogí un viejo y enverdecido bidoncillo de plástico y me dirigí a la escalera metálica del recién inaugurado parque de la Cuesta.
Bajé por la escalera, estaba anocheciendo y las sombras escondían la realidad.
Al llegar al encuentro de dos árboles que franqueaban el inicio de la subida, que fueron donados y plantados por los trabajadores que participaron en la construcción del parque, vi con sorpresa que ya no estaban, fueron vilmente arrancados del suelo que los sustentaba y robados.
El robo de estos árboles muy queridos para mí fue un golpe emocional.
Los árboles pueden tener un significado especial para las personas ya por su belleza, por su historia o por el recuerdo que evocan.
Su pérdida es un recordatorio de la importancia de proteger y cuidar nuestro patrimonio común.
La tristeza, la frustración y la ira no deben nublar nuestro pensamiento crítico y decir sin ambages ¡Ladrones, ladrones y 10.000 veces ladrones!. Pues no cometísteis un delito, sino 10000, uno por cada vecino.
