| Por David Santos |
Los pueblos de Castilla, y de otras regiones de España, viven castigados por el silencio y la soledad. Atormentados por el vacío. Así ocurre en mi pueblo, Campo de Cuéllar, en la provincia de Segovia.
Nuestros pueblos han perdido población al mismo ritmo que han ido pasando los años y los días. La pobreza no ha sido la causa principal. Sí el abandono político y la ausencia de servicios públicos. Y el aburrimiento de sus jóvenes, que han huido en busca de otra vida con mayores alicientes que los de la soledad.
Los políticos se llenan la boca con promesas llenas de palabras huecas y de engaños cada vez que hay una convocatoria electoral. Lo hacen al mismo ritmo que la política nos ha ido dando la espalda. Arguyendo que van a trabajar por los pueblos, nos quitaron el médico, después cerraron las escuelas a medida que decrecía el número de niños, luego cerraron el cuartel de la Guardia Civil, las farmacias… y nosotros tuvimos que llevar a nuestros padres a residencias lejanas…
Cada vez éramos menos.
Como consecuencia de ello en los pueblos pequeños se cerró el bar que nos reunía, y la iglesia en la que rezábamos. Cerró también la pequeña tienda del pueblo, los jardines fueron ocupados por los hierbajos, las calles dejaron de barrerse. Y la pereza nos encerró en casa en las tardes de invierno, y hasta en las de la primavera, a quienes no hemos querido salir de aquí. ¿Para qué íbamos a salir a la calle a encontrarnos con el vacío?
Y ahora la Administración ha decidido quitarnos la mesa electoral. Tendremos que ir a votar a un pueblo hermano que está a varios kilómetros de distancia. Iremos o no iremos. Todo por un capricho, difícil de entender, de algún político.
Queremos hacerle llegar nuestra queja, queja razonable. Estamos llenos de razón. Ustedes no. Deben reponer la mesa electoral en nuestro pueblo. Somos 200 personas viviendo aquí. Mantener la mesa electoral supone un coste insignificante para el Estado. Pero supone un desprecio muy alto hacia nuestros derechos, y sobre todo, un mal ejercicio de la política hacia los ciudadanos. Dificultar la vida es malo, y la obligación de un político es facilitarla.
Hoy, los politiquillos baratos que gobiernan esta tierra, no saciados con su empeño en vaciarnos, nos quitan también, este mismo año, la mesa electoral, obligándonos a ir a votar a un pueblo hermano, tan vacío como el nuestro, a varios kilómetros de distancia. Dicen que hay razones.
Serán las suyas, pero no las nuestras. Por eso hemos emprendido una recogida de firmas para protestar por este agravio al ejercicio de nuestros derechos como votantes.
