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Las ferias de Pascua de Resurrección

La importancia que las Ferias tenían para la Villa y la Tierra era crucial para el trasiego de mercaderías y monedas

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|Por Juan Carlos Llorente|

La Villa de Cuéllar, nacida en la epopeya castellana que supuso el traspaso del Duero cuando la presión demográfica norteña así lo demandaba, y la ilusión de ocupar nuevas tierras para una nueva vida constituía un impulso vital para los castellanos, todo ello a costa de los musulmanes, no tardaría mucho en olvidar sus esfuerzos guerreros y conquistadores para constituirse como un núcleo dinámico de organización jurídica y social propia y en consonancia con otras villas y ciudades de la Extremadura Castellana.

Si, en principio, la estructura urbana de la Villa nos sorprende por su disposición defensiva, con sus dos kilómetros de murallas enraizadas con la fortaleza y recrecidas en la ciudadela, una mayor profundidad en el análisis de la misma nos abrirá el camino para interpretar esa estructura de forma distinta. La nuclearización de la red de calles en plazas de mayor o menor extensión nos indica que su disposición responde a otros intereses distintos de los meramente defensivos; es ahí donde la Villa delimita sus funciones ampliándolas a otras distintas de las primitivas. Así y, simplemente con este análisis urbano, llegaríamos a la conclusión de que la Villa era lugar, además de habitabilidad y defensivo, de comercio, mercaderías y ferias.

En efecto, (son datos bienvenidos para la historia), no faltan  en Cuéllar los nombres de calles debidos al uso comercial que de las mismas se hizo en la edad media y algunos siglos posteriores; son aquellas calles donde los gremios se establecían por oficios como la de los Hornos, la de los Herreros o la de las Tenerías, y habría algunas más cuyos nombres sucumbieron con los mismos oficios gremiales en favor de los nombres de los santos titulares de las numerosas parroquias, ermitas y conventos de la Villa.

Algo similar sucede con las Plazas, cuya disposición en núcleo del que parten o al que llegan radialmente otras calles, son fácilmente detectables como sucede con la plaza Mayor, la más importante para el comercio y las mercaderías.

Otro ejemplo digno de estudio es el de la plaza del Mercado del Pan, lugar de transacciones de cereales y donde estaba situada la Alhóndiga del Concejo, almacén de granos cuyo edificio aún estaba en pie en los años cincuenta y que ha sucumbido, como tantos otros, a la piqueta demoledora y fatídica. A la puerta de este edificio los escudos de los Duques de Albuquerque y del Concejo daban señas de su oficio público e institucionalizado. La plaza, en este caso, parece responder más a su situación cercana a la plaza Mayor y a su acceso fácil por la puerta de San Andrés que a otras circunstancias de idoneidad urbana sin olvidar la apertura que desde aquí se hace, por la calle del Estudio, a la única puerta de la ciudadela que comunicaba la misma y la Ciudad en arco que podía soportar tráfico de carretas y animales.

El caso de la denominada plaza del Campo, también cercana a la plaza Mayor desde la antigua Morería, puede responder a un caso similar. La plazuela de Santa Marina, también denominada popularmente “plaza de los cacharros”, que ha conservado su oficio de transacciones de alfarería como cántaros, botijos, etc. hasta hace pocos años, parece responder más a una zona gremial que a una estructura de plaza para la compraventa; en fin, otras plazas o plazoletas como  la de la Cruz, El Salvador, San Andrés parecen responder más a una disposición urbana en torno a servicios públicos, como las fuentes, o las cercanías de las puertas de las murallas.

Hay que señalar también, que, seguramente por falta de espacio en la plaza Mayor, algunas mercaderías, por tradición, se han situado a las puertas de las murallas donde también se originaban plazoletas con sus abrevaderos o fuentes como la de San Francisco que tradicionalmente era lugar donde se vendían, entre otros, aperos de labranza, los trillos de los briqueros cantalejanos y siempre en la desaparecida Feria de Santiago, amén de otros elementos de venta como el ganado de cerda  por la Feria de Pascua de Resurrección y en los mercados de los jueves; lugar de reposo y de venta de ganado ha sido también la plaza de la Soledad.

Pero, sin lugar a dudas, es la plaza Mayor la que por excelencia acoge la mayor actividad comercial y de mercado de toda la Villa y Tierra de Cuéllar. Bajo sus soportales se situaban los comercios de primera necesidad que el propio Concejo “alquilaba” a terceros para su explotación. Las Ordenanzas de 1.546 nos ofrecen muchos detalles al respecto, por ejemplo el de que el pan cocido, principal alimento de la población, sólo podía ser vendido en la plaza Pública, como se la denomina habitualmente, así como el vino que en este caso sólo se permitía venderlo en la plaza Pública y en las tabernas; la carnicería  y la pescadería eran propiedad del Concejo y las alquilaba de año en año por San Juan, por supuesto estaban situadas en la plaza Mayor, así como la “botica” que estaba situada junto a la iglesia de San Miguel bajo una bóveda de sillares frente al actual bar Taurina.

Las mismas ordenanzas nos dan noticia de otros objetos de venta, siempre en la plaza Pública, como son la fruta, el aceite, las candelas, zapatos, telas, cueros curtidos, lanas, verduras …; las medidas para su venta estaban establecidas por el Concejo, y, repetidas veces, se advierte de que las ventas han de hacerse en esta Plaza Pública (señal de que esporádicamente y sin permiso se hacían en otras plazas o calles de la Villa).

Las citadas ordenanzas regulan, además de las ventas en general, aquellas que se realizaban en los días de mercado  para lo que fue señalado el jueves de cada semana desde tiempo inmemorial, costumbre que perdura hasta nuestros días (aunque no en la Plaza Mayor), y que como hoy, salvando las distancias, es el día que aprovechan los habitantes de la Tierra para hacer gestiones de muy diversa índole, para comprar o vender o, en definitiva conversar y hacer cierto grado de vida social con los convecinos de las distintas localidades de la comarca.

Conocemos con precisión la concesión real de Juan I (septiembre de 1.390) para que en la Villa se celebraran dos Ferias anuales que se iniciarían el veinte de mayo y el ocho de octubre de cada año, con una duración de veinte días cada una y con los mismos privilegios y exenciones que se habían otorgado a las de Valladolid; las Ferias, andando los siglos o han cambiado de fecha (la de mayo a la que fue de Resurrección, o han desaparecido no hace muchos años, como la de octubre).

La importancia que las Ferias tenían para la Villa y la Tierra, como para cualquier ciudad o villa de aquel tiempo, era crucial para el trasiego de mercaderías y monedas y eran indispensables para el relleno de las arcas municipales y para la buena economía de la Villa en general.

La Villa de Cuéllar no ha perdido este carácter comercial y de mercado que ha heredado de su conformación como núcleo principal de su Comunidad de Villa y Tierra, y aunque los transportes facilitan el traslado de compradores a localidades tan importantes como Valladolid, el antiguo espíritu del “mercado” y de las “ferias” se mantiene, y por supuesto, se manifiesta en estos días que forman parte entrañable de la vida anual de esta Villa segoviana de Cuéllar.

Evolución

Precisamente, las llamadas “Ferias de Resurrección”, han sufrido el desgaste que la vida moderna les trajo con la mecanización del campo, que cedió poco a poco el espacio ferial a la maquinaria agrícola y ganadera, en detrimento del ganado y de los aperos de labranza antiguos. El proceso se inició, como en toda España, en los años sesenta del siglo pasado, y desde entonces aquellos populosos días de Feria, jueves, viernes, sábado y domingo, se fueron desdibujando. Durante los últimos años de los setenta del pasado siglo, siendo alcalde Luis Zarzuela, las Ferias de Pascua de Resurrección prácticamente dejaron de celebrarse, y fue en los ochenta, siendo alcalde Felipe Suárez hijo, cuando comenzaron a recuperarse, aunque ya perdieron su nombre tradicional de “Pascua de Resurrección” para pasar a denominarse con un nombre más comercial como fue el de  CUFECO (Cuéllar Feria Comarcal), para pasar a denominarse Feria Comarcal de Cuéllar en los años noventa y hasta nuestros días.

La Feria se desarrolló de forma clara y contundente durante los gobiernos municipales del Partido Socialista y de mano del alcalde Octavio Cantalejo, en una espiral positiva que hizo suya el Partido Popular al llegar al Gobierno y que ha retomado el PSOE en los últimos años, ya siendo un certamen asentado en los primeros días del mes de mayo.

Quizá ya, tengamos que asumir que aquellas ferias de Pascua de Resurrección han pasado a la historia. Son recuerdos infantiles los que aún tenemos de aquel gentío del Jueves de Feria que pululaba por las calles del centro de la Villa, aquel subir al Ferial a poner la estaca, aquellos garitos de vino y poco más, aquellas transacciones comerciales de venta y compra de ganado que se firmaban con un apretón de manos, aquellos pasacalles de la Banda Municipal, aquellos juegos de la “cucaña”, aquellas atracciones de feria en la plaza Mayor, aquellos figones y cantinas en que se servían tantos lechazos y platos de “bonito y de verdel”, aquellos partidos de fútbol en el Ferial, aquellos globos aerostáticos y, a veces, aquellos fuegos artificiales: toda una fiesta popular y a lo grande, donde los comerciantes, que no cerraban sus tiendas en todo el día, solían hacer “buena caja”. La Feria actual, que cada vez mejora en instalaciones y servicios, se ve acompañada de una Feria de artesanía y muchas actividades en el recinto ferial, pero, que según dicen muchos, deja vacío el resto del conjunto urbano de la Villa.

(Artículo publicado en el libro “COLLA-ARA” de J.C. Llorente)
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