|Por Juan Carlos Llorente|
No era la primera vez que el alcalde de la Villa, de la actual corporación municipal y de otras anteriores, me citaba en el Ayuntamiento para consultarme sobre temas relacionados con la historia o el patrimonio histórico artístico de Cuéllar, por eso no me extrañó y acudí a la cita a ver de qué se trataba.
Me recibió en el salón de plenos y tras el saludo pertinente, don Carlos me precisó, conciso y correcto: “Mira, Juan Carlos, queremos que seas el Pregonero de las fiestas de este año”. Mi respuesta física fue de un ligero aturdimiento y unos instantes de silencio, de esos silencios porque no sabes qué decir; bueno, dije, gracias por acordaros de mí, me dejas pasmado…; me darás unos días para que me lo piense… es mucha responsabilidad y uno no sabe si estará a la altura que se requiere para tal cometido.
Don Carlos me dijo que sí, que me lo pensara, pero que esperaba que mi respuesta fuera afirmativa. Consultados familiares y algunos amigos, que me animaron a ello, mi respuesta fue afirmativa, esperando que el Ayuntamiento lo hiciera público.
Cuando se hizo, enseguida me llovieron las felicitaciones de cientos de convecinos, muchos de ellos, tras la “enhorabuena” añadían un “ya era hora de que se acordaran de ti” yo, para mis adentros, me decía ¿qué habré hecho yo para que se acordaran de mí?, una niñez y juventud como un cuellarano más, treinta y cinco años de docencia, diez de dulzainero y poco más.
No es fácil preparar lo que se va a decir en un pregón cuando va a ser ante tus paisanos, ante un público heterogéneo, ante jóvenes al pie del éxtasis festivo, ante los medios de comunicación… Muchos esperarían que el contenido fuera de carácter histórico que es a lo que se han acostumbrado en la Villa por mi condición de profesor de historia, pero la experiencia de haber oído tantos y tan excelsos pregones durante más de cincuenta años, me inclinaban a esbozar un pregón muy cuellarano, pues, al fin y al cabo, las fiestas lo son porque las viven los ciudadanos desde una tradición que se hereda de generación en generación con el toque especial que las caracteriza, y aunque el riesgo de que los que lo oyeran desde otros lugares, no lo entendieran, el peso y la gracia de que los de casa sí que lo entenderían y jalearían, pensaba yo, y merecía la pena asumir ese riesgo.
Los días se precipitaban con la rapidez con que se trasmite el estado de ánimo de toda la población, al ritmo de las oportunas y buenas recomendaciones que los vecinos te dan…”A ver qué nos vas a decir…no te pongas muy pesado, no digas nada, sólo “a por ellos”… cuidado que te oye toda España… no hagas caso si te abuchean…ten cuidado con los altavoces que a veces no se oyen bien..”; y así, oyendo a unos y otros, uno iba sintiendo el sano orgullo y la responsabilidad ante este evento que ya está muy enraizado en la tradición festiva de los cuellaranos.
Tranquilidad, me decía a mí mismo, cuando el viernes acompañé a la Corregidora y sus damas, junto a miembros de la Corporación, a la inauguración de los locales de las Peñas y Pandas oficiales, y expectante de la algarabía que inundaba el ambiente, entre músicas y danzas, yo pensaba en que ya era hora de hacer frente al Pregón… al día siguiente.
Por la mañana del sábado, en la Capilla de la Virgen de Santo Tomé, la Virgen del Rosario, la Patrona de la Villa, en cuyo honor se celebran las Fiestas, se ofició la misa que precede a la procesión de la tarde. Al final, las componentes del coro parroquial entonaron la emotiva canción de la Marcha dedicada a la Virgen cuya letra le había dedicado yo hace años, con la música del cuellarano Darío Valentín.
Llegó la hora; la plazuela de Santo Tomé, como cada año, estaba revestida de los variopintos colores que lucen las Peñas y Pandas que van a acompañar a la imagen de la Virgen en la procesión.
Saludos al alcalde y demás miembros de la Corporación, a la Corregidora y sus damas, y muchas fotos con la imagen de la virgen Patrona de Cuéllar; luego llega la hora, último toque de campanas y al salir de la Capilla, la emoción de oír el himno nacional. Durante el recorrido, experiencia que ya había tenido los doce años en que había sido edil del Consistorio, uno no sabe dónde poner la vista, son tantas las personas conocidas y las desconocidas…; algunos recuerdos se imponen por momentos y me figuro a mis padres asomados al balcón de mi casa de la calle Carchena, saludándome con la mano, como tantas veces habían hecho cuando, con el señor Ladis, pasaba, dulzaina y tambor en ristre, tocando las dianas previas a los encierros.
La llegada a la plaza, abarrotada totalmente, te impone; sólo el paso al lado de los mozos descamisados y el sopor que las bebidas despiden te hace volver a una realidad que no se puede evitar. El cántico fervoroso de la Salve me trae a la memoria aquellas primeras procesiones del siglo pasado en que la Salve se cantaba por el público en general, a la puerta de la iglesia de San Miguel.
Luego un corto y rápido paseo hasta el Ayuntamiento en que se extraña su silencio, lejos del trasiego de personas que lo recorren a diario a lo largo del año. Y luego, el balcón, ante el que no pocos, sienten el miedo escénico que provoca, con los miles de almas que te contemplan. Tensión cuando el alcalde hace las presentaciones de rigor y… el Pregón.
Cuando al fin llega el tan deseado “A por ellos…”, un cierto alivio y relajamiento, te indica que la misión pregonera ha finalizado y que espera el disfrute de la fiesta, con el deseo implícito de que el Pregón de las Fiestas de 2025, haya sido acertado en contenido y del agrado de los cuellaranos y cuellaranas y del público en general.
Una experiencia en la vida que no se suele repetir, y el agradecimiento a la Villa que me permitió vivirla.
