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lunes, 20 de mayo de 2024
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En el centenario de Alfonsa de la Torre

la charca 2
Imagen del archivo de Alfonso Montero.
|Por José Luis G. Coronado|

Cuando mi buena amiga Nuria Aguado me habló de escribir en un par de folios alguna aportación a este acto de reconocimiento y memoria de Alfonsa de la Torre, me puse a ello. Me pareció sencillo, bastaría con recoger alguna anécdota personal, un par de generalidades sobre su obra y rematar con la media verónica de una ferviente adhesión a los fastos del centenario de nuestra eximia paisana, todavía no sé si en su condición de escritora notable o en la, sin duda, mucho más importante circunstancia de haber nacido y muerto cuellarana. En fin, sea por mi amistad con Nuria, sea por mi condición de escritor de novelas que planta una semilla de su propio y no tan lejano centenario o motivado por mi condición de villano acérrimo de Cuéllar que se apunta a todo lo que significa una celebración del pueblo, aquí os dejo mi la humilde aportación de este relato.

La primera y última vez que tuve ocasión de hablar con Alfonsa de la Torre fue en el verano de 1979. Yo acababa de publicar “Las Glebas”, mi primera novela, y a la puerta de Las Bolas, en la ronda de chatos de mediodía, una persona de mi entorno familiar de entonces me llamó aparte para presentarme como secretaria de la Alfonsita a quien resultó ser Juana Garcia Noreña. Yo había visto alguna vez a esa mujer por Cuéllar pero no le había echado cuentas. No sabía quien era. Al conocerla, me pareció una persona extraordinariamente afable; y decididamente encantadora cuando metió la mano en el serillo de la compra y sacó un ejemplar de mi libro que dijo haber adquirido esa misma mañana en la librería que regentaba por entonces en San Andrés David Campana. Me pidió que se lo dedicara y mientras lo hacía me preguntó si quería conocer a Alfonsa de la Torre que era una escritora notable. Accedí de inmediato, no tanto deslumbrado por el [blocktext align=”left”]”La primera y última vez que tuve ocasión de hablar con Alfonsa de la Torre fue en el verano de 1979…”[/blocktext]supuesto prestigio literario que pudiera tener Alfonsa, ya que por esas fechas, y solo a título ejemplo, yo ya había dormido en casa de Rafael Alberti en Roma y había visitado en Chile la casa de Neruda en Isla Negra, sino por el halo de misterio que envolvía a un personaje local, desconocido para casi todos, y del que la única referencia cierta era que su nombre figuraba en las entradas de lo que siempre se había conocido como el cine de Tatito y que vivía enclaustrada en aquella casa insólita entre pinares que muchos años después supimos que se llamaba La Charca. La visita quedó concertada para la media tarde de una semana después, supuestamente para que les diera tiempo de leer mi libro y tuviéramos ocasión de hablar de él. Llegado el día de la cita, tras un cordial recibimiento por parte de Juana, fui presentado a una Alfonsa de la Torre que desde el primer momento mostró una actitud displicente y altiva, o a mí me lo pareció, que por fuerza tenía que chocar contra un ego que en esos días yo tenía excesivamente henchido por la fatuidad de creerme que por haber publicado una primera novela proyectaba ya una sombra comparable a la de Juan Marsé.

El recuerdo que con más nitidez mantengo en la memoria, treinta y cinco años después de aquella reunión tan pintoresca, es que por hacerme el mundano y esconder en el posible el pelo de la dehesa, acepté tomar un té, sin que hasta el día de la fecha haya tenido ocasión de repetir la experiencia. Para empezar por alguna parte la conversación, Juana sacó mi apellido a colación y me dio a conocer el hecho de que Alfonsa de la Torre había realizado su tesis doctoral en la Complutense precisamente sobre la figura literaria de Carolina [blocktext align=”left”]El recuerdo que con más nitidez mantengo en la memoria, treinta y cinco años después de aquella reunión tan pintoresca, es que por hacerme el mundano y esconder en el posible el pelo de la dehesa, acepté tomar un té, sin que hasta el día de la fecha haya tenido ocasión de repetir la experiencia[/blocktext]Coronado, y quiso saber si mi familia mantenía algún parentesco lejano con la de la célebre poetisa extremeña. Por mi parte, con más orgullo del que venía a cuento, respondí que no me constaba, que mis raíces estaban en la Sierra de Cameros y que mi abuelo era un célebre cabrero de la vertiente soriana. Como la conversación parecía agostarse por esos vericuetos genealógicos, demasiado burgueses para el libertario contumaz que yo era en ese tiempo, Alfonsa, dando un giro total, me preguntó de sopetón mi fecha de nacimiento. El 24 de abril, respondí. Entonces ella, corroborando mi condición de tauro, se extendió en una disquisición interminable sobre la influencia y las aptitudes para la novela que se podían derivar por el hecho de haber nacido bajo los augurios de ese signo del zodiaco. Lo único que recuerdo de aquel discurso a estas alturas es que el vaticinio fue bueno porque, según Alfonsa de la Torre, también eran tauros como yo Honorato de Balzac, Benito Pérez Galdós y Camilo José Cela. Al cabo de algo más de una hora, me despedí de aquellas dos mujeres singulares, pensando, mientras salía a la carretera, que no iba a tener en mi vida la menor intención de leer ni un triste verso de aquella señora porque me iba con la certeza de que ninguna de las dos había tenido la menor curiosidad para ojear mi novela.

Y así habría sido si algunos años más tarde no hubiera coincidido en la noche madrileña con Ismael Peña, el cantautor de Torreadrada, mientras intentábamos bebernos del tirón el importe de un premio nacional de poesía que había ganado un amigo común, el poeta y catedrático lorquino Pedro Guerrero. Mi relación con Ismael venía de mis tiempos de bibliotecario, cuando él, que me había precedido en el puesto y ya vivía en Paris, venía de vacaciones a Cuéllar y siempre pasaba a saludar a don Teodoro Calonge que era quien había tenido la peregrina idea de hacernos bibliotecarios a los dos. Aquella noche, frente a mi comentario de lo poco que se dejaba ver por la villa, me respondió que la cosa no era del todo cierta, que si bien no a menudo, sí con cierta frecuencia, y aunque no subiera al pueblo, cumplía visitas a sus muy queridas amigas Alfonsa de la Torre y Juana García Noreña. Añadiendo que en un par de ocasiones las visitas las había hecho acompañado por Antonio Gala, que como es bien sabido también tenía relaciones familiares en Cuéllar. Al oír el nombre de Alfonsa de la Torre, José Manuel Caballero Bonald, que también participaba en la velada, quiso saber algo más de quien definió como una entrañable amiga, sutil poetisa, y de la había perdido la pista hacía bastantes años. A la vez que Ismael ponía al día a Caballero Bonald sobre las últimas vicisitudes de la vida de Alfonsa, a mi se me fueron abriendo los ojos al conocimiento y aprendí en aquella única lección lo tonto que uno puede llegar a ser cuando se deja llevar por el viento inútil de la vanidad o la inane influencia del engreimiento.

Aquella noche me enteré de los azares de la vida privada de Alfonsa de la Torre así como del reconocimiento de su obra, hasta el punto de haber obtenido, entre otros galardones, el Premio Nacional de Poesía de 1951.

A la mañana siguiente, todavía con el cerebro envuelto por las telarañas de la resaca, me hice el firme propósito de hacer dos cosas: leer todo lo que pudiera de la obra de Alfonsa y encontrar una ocasión para mostrarle mi reconocimiento. La primera pude hacerla con la ayuda del pintor Alfonso Montero que empezó por prestarme “Églogas” y a continuación prácticamente la obra completa.

Espero que esta pequeña contribución al homenaje por su centenario valga como muestra de admiración para con una escritora que, además de crear una poesía que merece la pena leer y sentir, tiene la virtud añadida de haber nacido y muerto cuellarana.

(Artículo realizado a petición de Festeamus y su homenaje “A propósito de Alfonsa”)

 

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