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jueves, 25 de julio de 2024
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De los bailes públicos a los salones de baile en Cuéllar

| Por Isaías Rodrigo ‘Pache’| | Foto: Gabriel Gómez |

Cuando desaparecieron los bailes públicos realizados en las plazas de los pueblos con la dulzaina y el tamboril, que tanto divirtieron a nuestros antepasados, los domingos y fiestas de los pueblos, en Cuéllar lo mismo que en otros pueblos también se bailaba en la plaza Mayor, y de ahí, nace el famoso baile de la rueda que hoy tiene tanto arraigo en los toros, aparecen los pianillos, o manubrios, allá por el año 1900. Con la llegada de estos artilugios llegó el baile agarrado que tanto gustó a la juventud de la época.

En Cuéllar igual que en todos los pueblos de Castilla, a partir de la aparición del pianillo o manubrio, se abrieron muchos salones de baile. En la villa hubo tres, uno estaba en el arco de San Andrés propiedad de Ángel González (alias ‘Gallo loco’), otro estaba en la calle Santa Cruz donde hoy tenemos la ferretería Churré, y era regentado por Francisco Velasco (alias ‘Tío Paquillo’), y el tercero estaba en la calle Colegio, frente a la sala cultural Alfonsa de la Torre, y era de Daniel Quevedo (alias ‘Danielillo’).

Pues bien, ya presentados los tres nos vamos a referir a este último. A éste se le conocía como el ‘Doma Potros’,  y era donde los jóvenes recién llegados a la edad de poder  asistir a estos salones de baile,  las pasábamos  canutas hasta que demostrábamos  que sí que teníamos la edad de poder asistir, primero cuando teníamos 16 o 17 años intentábamos entrar, pero el portero se daba cuenta que no teníamos edad, pues bien para burlar a este hombre, que dicho sea de paso no sabía leer, y como por aquellos años no existía el carnet de identidad, pues este apareció más tarde, en 1.951, había un documento que no llevaba fotografía, y se llamaba cédula personal,  por lo cual valía para todos siempre que no leyeran la titularidad. Algunos como yo cogíamos la cédula personal de uno de nuestros hermanos o padre y al llegar al portero se la enseñabas y adelante.

Ya dentro, como en todos los salones, se respetaba la costumbre del baile pedido, o sea que si quería bailar con la Petra le pedía el baile y si ella estaba dispuesta a bailar conmigo, me decía el próximo, y si no me decía el 6, que eran calabazas.

En este salón como la mayoría éramos un poco ‘carrieles’, como dirían los mayores de entonces, el orden se dejaba ver hasta que se tenían relaciones ya un poco serias y entonces ya se acudía al salón del ‘Tío Poquillo’, que el ambiente era más serio.

Lo peor del baile del ‘Doma Potros’ fue, cuando llegaron a Cuéllar, una compañía de Guardias Civiles y en su mayoría eran recién salidos de la academia, jóvenes, estos se encargaban de la vigilancia exterior de la prisión del Castillo. Ellos cometieron el error de no respetar las reglas de juego, ya que, en el baile, estos dejaban el tricornio, encima de un banco y allí nadie podía sentarse, más, algunos te quitaban de bailar con la moza que tú estabas bailando. A pesar de los tiempos que corrían, un día la juventud ya harta de estos abusos nos pusimos de acuerdo y cuando todo estaba en marcha empezamos por poner los tricornios debajo del banco donde estaban, y después no ceder a dejarte quitar la chica con quien estabas bailando, y gritando fuera, fuera, fuera.

Aquí es cuando se armó el lio, discutimos unos con otros y ellos abusando del uniforme quisieron imponer su voluntad. En la barra del salón donde estaban varios padres de los jóvenes, tuvieron que intervenir con el sargento que intentó sacar la pistola para calmar el tema y lo puso peor, pues uno de los hombres que estaban allí, cogiéndole la mano de la pistola le dijo: “si quiere usted calma coja a su gente y lléveselos de la sala, y tenga en cuenta que no se puede convivir abusando de la juventud del pueblo”.

Cuéllar por entonces tenía un hijo del pueblo que era comandante en el ejército, y cuando se enteró de lo ocurrido lo dejó pasar y esperó a que llegara otro atropello, para entonces actuar en consecuencia, como así fue, este señor tenía la costumbre de venir a su pueblo a pasar los fines de semana, y divertirse con sus amigos. Una noche cuando la Guardia Civil patrullaba por el pueblo y por entonces los bares y tabernas tenía que cerrar a las 12 de la noche, este señor con sus amigos estaban en un bar algo antes de la hora, cuando llegó la pareja de civiles y lo primero que hicieron fue tomarse una copa y después decir a estos amigos que se fueran que tenían que cerrar, aquí el comandante después de su presentación les dijo: “primero tienen ustedes que cumplir y después exigir al público su orden, digan ustedes a su jefe que mañana quiero hablar con él”.

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